Pasaron cuarenta y siete años hasta que Ricardo Laprida pisó su tierra natal una vez más. El aroma a jazmín y el verde de las montañas le recordó su infancia. El pueblo había cambiado superficialmente; había nuevos negocios, caminos pavimentados, centros turísticos, shoppings, autos de última generación y mucho más. Aun así la esencia del lugar seguía igual. Las mañanas tranquilas, la suave brisa que murmuraba por la tarde, las calles casi vacías, la campaña de la iglesia que sonaba cada media hora, el bosque y el río. Ricardo también había cambiado. Se había marchado como un joven aventurero y retornó como un hombre maduro, casado y con dos hijos. Había jurado no volver, sólo el sabía porqué, pero el azar o el destino lo devolvieron a su hogar. A cada paso reconocía algún lugar, un olor, una imágen, una sensación. Sus hijos y su esposa le preguntaban porqué se había ido de allí si el lugar era un paraíso terrenal, pero Ricardo evadía la respuesta contando anécdotas acaso inventadas para la ocasión. Al caer la noche alquilaron una cabaña abrigada al pie de la cordillera y descansaron cerca de la estufa a leña.
Por la mañana despertaron todos y Ricardo no estaba en su lecho. Lo buscaron en la cocina, en el garaje y en el sótano, pero no aparecía. Cogieron el automóvil y salieron a buscarlo. Preguntaron en la panadería, en el café, en la estación de bomberos y de la policía, y nadie daba una pista clave de su paradero. Pasaron la mañana entera circulando el pueblo tratando de dar con él. Antes de darse por vencidos decidieron buscar por los caminos aledaños. Siguieron una ruta zigzagueante que los llevó directo hacia el cementerio. Allí estaba él, arrodillado frente a una lápida, llorando su pasado imborrable. La esposa les pidió a los niños que la esperaran en el auto y ellos obedecieron. Cuando la mujer se acercó a su marido notó que la lápida era de un nombre familiar: Marisa Laprida 12-08-76 / 25-11-76.
Entre llantos Ricardo le dijo “Aquí yace mi primer hija. Nunca te hable de ella, ni a ti ni a nadie. Fue un amor de adolescentes del cual no me arrepiento, pero que no extraño. Nació saludable, hermosa y radiante, pero al poco tiempo enfermó y el virus fue fulminante, no se pudo hacer nada. Cuando terminé mi luto decidí irme y no regresar. Quise enterrar mi pasado, mi infancia, junto con ella. Fue un peso muerto que yacía sobre mi espalda y que nunca intenté compartir con nadie más. Ahora puedo respirar tranquilo y me siento más ligero, aunque sé que su alma nunca me perdonará no haberla visitado en cuarenta y siete años. Cuando yo no esté quisiera que alguien venga a verme de vez en cuando.”